A nuestros mayores, protégeles de la tristeza
En la Tercera Edad se producen cambios físicos, psicológicos y sociales que forman parte del propio proceso de envejecimiento. Junto a los procesos biológicos, aparecen también transformaciones emocionales y cognitivas que pueden generar vulnerabilidad si no se acompañan adecuadamente.
El envejecimiento psicológico implica cambios en la percepción, la memoria, el aprendizaje y la forma de relacionarse con el entorno. Sin embargo, los trastornos psicológicos en los ancianos no deben entenderse como una consecuencia inevitable de la edad, sino como el resultado de múltiples factores personales, sociales y ambientales.
La fortaleza emocional de nuestros mayores
Contrariamente a lo que a veces se cree, la inteligencia emocional en la Tercera Edad suele estar muy desarrollada. Nuestros mayores han aprendido a relativizar, a distinguir lo importante de lo accesorio y a mirar la vida con una perspectiva que solo da el paso del tiempo.
Son más empáticos, comprensivos y capaces de ponerse en el lugar de los demás. Entienden que muchas de las “pequeñas tragedias” cotidianas son situaciones pasajeras que no definen una vida.
Por ello, conectan especialmente bien con niños y jóvenes. Disfrutan observando cómo se abren camino, acompañándoles en sus éxitos y fracasos, escuchando y ofreciendo un cariño que, en muchas ocasiones, se expresa con mayor libertad que en etapas anteriores.
El riesgo silencioso: la soledad
A pesar de esta riqueza emocional, el envejecimiento conlleva pérdidas importantes: seres queridos, autonomía, roles sociales, salud física. Estas pérdidas pueden favorecer la aparición de tristeza, desánimo o trastornos adaptativos.
Muchos mayores son plenamente conscientes de la presión a la que están sometidos sus hijos y, en ocasiones, se sienten una carga. Callan su malestar, se retraen y se quedan solos con sus pensamientos.
Y es importante recordarlo: la auténtica vejez llega con la soledad.
La importancia de la red de apoyo
Una buena red de apoyo social es uno de los factores protectores más importantes frente a la tristeza y la depresión en la Tercera Edad.
Darles un lugar activo en la familia, hacerles partícipes de la vida cotidiana, escuchar sus historias y respetar sus tiempos es una forma directa de cuidado emocional.
Incluirles en planes familiares
Contar con ellos en el cuidado de los nietos, no como último recurso, sino como el más valioso
Animarles a participar en actividades sociales adaptadas (cartas, pintura, paseos, juegos en el parque)
Pedirles pequeños favores asumibles que refuercen su sensación de utilidad
Todo ello contribuye a preservar su autoestima y su bienestar emocional.
Tristeza, adaptación y envejecimiento
La depresión no es el trastorno más frecuente en la Tercera Edad. Lo más habitual son dificultades de adaptación a los cambios: pérdidas, problemas de movilidad, disminución de memoria o energía.
Estos obstáculos pueden minimizarse si comprendemos que no se puede exigir a una persona mayor las mismas capacidades, ritmos y motivaciones que en etapas anteriores de la vida.
Aceptar el envejecimiento como una etapa con características propias es un acto de respeto y humanidad.
En la Tercera Edad se producen cambios físicos, psicológicos y sociales que forman parte del propio proceso de envejecimiento. Junto a los procesos biológicos, aparecen también transformaciones emocionales y cognitivas que pueden generar vulnerabilidad si no se acompañan adecuadamente.
El envejecimiento psicológico implica cambios en la percepción, la memoria, el aprendizaje y la forma de relacionarse con el entorno. Sin embargo, los trastornos psicológicos en los ancianos no deben entenderse como una consecuencia inevitable de la edad, sino como el resultado de múltiples factores personales, sociales y ambientales.
La fortaleza emocional de nuestros mayores
Contrariamente a lo que a veces se cree, la inteligencia emocional en la Tercera Edad suele estar muy desarrollada. Nuestros mayores han aprendido a relativizar, a distinguir lo importante de lo accesorio y a mirar la vida con una perspectiva que solo da el paso del tiempo.
Son más empáticos, comprensivos y capaces de ponerse en el lugar de los demás. Entienden que muchas de las “pequeñas tragedias” cotidianas son situaciones pasajeras que no definen una vida.
Por ello, conectan especialmente bien con niños y jóvenes. Disfrutan observando cómo se abren camino, acompañándoles en sus éxitos y fracasos, escuchando y ofreciendo un cariño que, en muchas ocasiones, se expresa con mayor libertad que en etapas anteriores.
El riesgo silencioso: la soledad
A pesar de esta riqueza emocional, el envejecimiento conlleva pérdidas importantes: seres queridos, autonomía, roles sociales, salud física. Estas pérdidas pueden favorecer la aparición de tristeza, desánimo o trastornos adaptativos.
Muchos mayores son plenamente conscientes de la presión a la que están sometidos sus hijos y, en ocasiones, se sienten una carga. Callan su malestar, se retraen y se quedan solos con sus pensamientos.
Y es importante recordarlo: la auténtica vejez llega con la soledad.
La importancia de la red de apoyo
Una buena red de apoyo social es uno de los factores protectores más importantes frente a la tristeza y la depresión en la Tercera Edad.
Darles un lugar activo en la familia, hacerles partícipes de la vida cotidiana, escuchar sus historias y respetar sus tiempos es una forma directa de cuidado emocional.
Incluirles en planes familiares
Contar con ellos en el cuidado de los nietos, no como último recurso, sino como el más valioso
Animarles a participar en actividades sociales adaptadas (cartas, pintura, paseos, juegos en el parque)
Pedirles pequeños favores asumibles que refuercen su sensación de utilidad
Todo ello contribuye a preservar su autoestima y su bienestar emocional.
Tristeza, adaptación y envejecimiento
La depresión no es el trastorno más frecuente en la Tercera Edad. Lo más habitual son dificultades de adaptación a los cambios: pérdidas, problemas de movilidad, disminución de memoria o energía.
Estos obstáculos pueden minimizarse si comprendemos que no se puede exigir a una persona mayor las mismas capacidades, ritmos y motivaciones que en etapas anteriores de la vida.
Aceptar el envejecimiento como una etapa con características propias es un acto de respeto y humanidad.
Hay un tiempo para todo (Eclesiastés 3:1-8 NVI)
Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:
un tiempo para nacer,
y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar,
y un tiempo para cosechar;
un tiempo para matar,
y un tiempo para sanar;
un tiempo para destruir,
y un tiempo para construir;
un tiempo para llorar,
y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,
y un tiempo para saltar de gusto;
un tiempo para esparcir piedras,
y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse,
y un tiempo para despedirse;
un tiempo para intentar,
y un tiempo para desistir;
un tiempo para guardar,
y un tiempo para desechar;
un tiempo para rasgar,
y un tiempo para coser;
un tiempo para callar,
y un tiempo para hablar;
un tiempo para amar,
y un tiempo para odiar;
un tiempo para la guerra,
y un tiempo para la paz.
Comprender esto es una de las formas más profundas de cuidar a nuestros mayores.
¿Podemos ayudarte?
En la Consulta Psicológica Villaverde acompañamos a las personas mayores y a sus familias desde un enfoque cercano, respetuoso y profundamente humano.
Si notas tristeza, aislamiento o cambios emocionales en tu ser querido, podemos ayudarte.
👉 Contacta con nosotras