FÚTBOL EN LOS PATIOS DE COLEGIO ¿INCLUYE O EXCLUYE?
Cuando hablamos de igualdad en la infancia solemos hacerlo en términos teóricos, pero basta con asomarse a cualquier patio de colegio para observar una realidad muy distinta. En muchos centros, alrededor del 80 % del espacio de juego está ocupado por un partido de fútbol que se repite día tras día.
Mientras tanto, las niñas suelen jugar al pilla-pilla en los pasillos laterales o agruparse en pequeños corrillos para hablar. Y los niños a los que no les gusta el fútbol quedan, directamente, fuera del juego.
Este reparto del espacio y del poder no es inocente y tiene consecuencias claras en la convivencia escolar.
El fútbol en el recreo como elemento de exclusión
Ser niño y no querer jugar al fútbol puede convertirse fácilmente en un factor de discriminación. El grupo lo percibe como alguien que no pertenece, un exogrupo. Con suerte, queda ignorado; con menos suerte, recibe burlas, insultos o descalificaciones.
Dentro del propio partido la dinámica no mejora. Los niños reproducen modelos adultos y, muchas veces, en su versión más agresiva:
insultos, patadas, reproches constantes, humillaciones públicas. Aparecen etiquetas conocidas por todos: “el chupón”, “el inútil”, “al que no le pasan la bola”.
Estas dinámicas, repetidas cada día en el patio, son una forma clara de acoso escolar relacional, aunque a menudo pasen desapercibidas por normalizadas.
Liderazgo, poder y jerarquías en el patio
En estos partidos improvisados suele emerger una figura clara: el niño que juega mejor. Él marca las normas, decide quién juega y quién no, y ocupa el lugar de líder incuestionable, el pequeño “macho alfa” al que los demás rinden pleitesía.
Este tipo de liderazgo no siempre es sano. Crecer creyendo que el valor personal depende de jugar bien al fútbol genera una visión distorsionada de uno mismo. Jugar bien no te hace mejor persona, y el choque posterior con la realidad —cuando aparecen otros que juegan mucho mejor— no suele ser fácil.
Mientras tanto, quienes quedan fuera interiorizan mensajes de inferioridad, rechazo o invisibilidad.
Género y exclusión: una desigualdad que empieza en el recreo
La exclusión no afecta solo a los niños que no juegan bien. También tiene un fuerte componente de género. El fútbol ocupa el centro del patio y desplaza otras formas de juego, relegando a muchas niñas a espacios secundarios y menos visibles.
El mensaje implícito es claro: lo importante ocurre en el centro; lo demás es accesorio.
Juegos alternativos e inclusivos: otra forma de convivir
Existen juegos que favorecen la participación, la cooperación y la socialización sin establecer jerarquías tan marcadas ni diferencias de género. Juegos sencillos, tradicionales, conocidos por todos:
el pañuelo
balón prisionero
la zapatilla rusa
el escondite inglés
saltar al potro
ajedrez o parchís gigante
La clave no está en prohibir el fútbol, sino en ofrecer alternativas reales.
El papel del dinamizador de patio
La figura del dinamizador de patio puede marcar una diferencia enorme. Su función es enseñar, organizar y acompañar el juego, promoviendo la inclusión de todos los niños, especialmente de los más tímidos o de aquellos que suelen quedarse al margen.
Cuando el adulto está presente:
se reducen las burlas y abusos
disminuye la competitividad excesiva
aumenta el juego relacional y cooperativo
El patio deja de ser un espacio de supervivencia social y se convierte en un espacio educativo.
El papel del adulto: prevenir el acoso desde el juego
El fútbol es fantástico. Igual que lo son el judo, la gimnasia rítmica o el baile español. Pero los niños pequeños necesitan la guía de los adultos para ajustar las diferencias de capacidad, frenar las burlas y prevenir situaciones de abuso.
La falta de planificación y supervisión en los recreos puede convertir el juego en un escenario perfecto para el acoso escolar.
Nos preocupamos mucho por las semanas culturales, que duran unos días, pero olvidamos que el patio se vive todos los días y forma parte esencial del desarrollo emocional y social de los niños.
Conclusión
Necesitamos repensar seriamente las actividades de patio. Tal y como se plantea en muchos colegios, el fútbol no siempre es positivo ni para quienes lo juegan ni para quienes quedan fuera.
Cada cosa en su momento. Y el crecimiento integral de los niños merece algo más que dejar el recreo al azar.
Preguntas frecuentes sobre el fútbol en los patios escolares y el acoso escolar
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Sí. Cuando el fútbol ocupa la mayor parte del espacio del recreo y no hay supervisión adulta, pueden aparecer dinámicas de exclusión, burlas y abuso de poder. Estas situaciones encajan dentro del acoso escolar relacional, aunque a menudo se normalicen como “cosas de niños”.
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niños a los que no les gusta el fútbol
niños con menor habilidad motora
niños tímidos o con dificultades sociales
muchas niñas, relegadas a espacios secundarios
La repetición diaria de estas exclusiones tiene un impacto directo en la autoestima y el bienestar emocional.
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Sí. El bullying no siempre es físico o evidente. La exclusión sistemática, las etiquetas, la ridiculización y la negación del acceso al grupo son formas claras de acoso escolar, con consecuencias psicológicas importantes.
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¿Prohibir el fútbol es la solución?
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Juegos cooperativos y tradicionales como el pañuelo, balón prisionero, escondite inglés, ajedrez o juegos de mesa gigantes fomentan la participación, reducen la competitividad excesiva y favorecen relaciones más equilibradas entre los niños.
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Es un adulto que organiza y acompaña el juego durante el recreo. Su presencia reduce conflictos, facilita la integración de los niños más vulnerables y convierte el patio en un espacio educativo, no solo en un tiempo “sin clase”.
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Algunas señales de alerta son:
rechazo a salir al patio o al colegio
cambios de humor tras la jornada escolar
aislamiento social
quejas somáticas frecuentes
Ante estas señales, es importante escuchar al niño y valorar una reunión con su profesor y orientación profesional.